Mi primer encuentro con la aurora boreal y el silencio más puro del planeta.
Viajar a Islandia fue como visitar otro planeta. Desde que bajé del avión en Keflavík sentí que estaba en un lugar que no se parece a nada de lo que había visto antes: paisajes lunares, montañas de hielo y pueblos que parecen sacados de una película de fantasía. Pero lo que más me marcó de este viaje fue una noche en particular.
Había leído sobre la aurora boreal, pero nunca pensé que verla en persona sería tan impactante. Esa noche, en el Parque Nacional Thingvellir, el cielo comenzó a moverse como si respirara. Luces verdes y violetas danzaban lentamente sobre mi cabeza. No podía hablar. No quería ni parpadear. Era como si Dios estuviera pintando en el cielo solo para nosotros.
Más allá del espectáculo visual, Islandia me enseñó algo muy importante: la belleza también está en la calma. En Reykjavik, la capital, la vida es tranquila, ordenada, sin prisa. Comí sopa caliente dentro de un pan, recorrí calles coloridas y conocí personas que viven con respeto por la tierra.
Ese viaje me recordó que a veces los momentos más valiosos no necesitan Wi-Fi, solo silencio, frío y una vista que te deje sin palabras.

Si alguna vez soñaste con ver la aurora boreal, no lo dejes en pausa. No hace falta tener todo resuelto para vivir algo inolvidable. A veces, el viaje más importante es el que empieza con una decisión simple: ir.